miércoles, 20 de agosto de 2008

El minotauro





El Minotauro

Quedó dando vueltas por la cueva, esperando pacientemente su presa, sacudiendo sordamente los casquillos de sus dos patas traseras en forma alternada, intentando ordenar objetos con la dificultad impuesta por sus cortas extremidades delanteras, casi diríase superiores por su ubicación, que finalizaban en unas manos pequeñas y suaves .
Se movía buscando alguna cosa con sus ojos vidriosos, la mirada indefinida, mientras los resoplidos arrojaban pequeñas nubes de vapores etílicos.
Esperó dando vueltas y más vueltas hasta la medianoche, cuando ella se cansó de observarlo, y se fue calladamente hacia el sitio de dormir.
Él, siempre con la calma de la fiera que acecha, con los mismos tiempos alargados y los movimientos lentos, se fue acercando.
Entonces comenzó a embestir el aire con los cuernos, como queriéndose abrir camino a través de la atmósfera enrarecida por sus propias emanaciones.
Los recorridos circulares se cerraron poco a poco, hasta que su sólido cuerpo, más de buey que de hombre, con las crines erizadas por el deseo, cayó pegajosamente sobre la presa.
Ella, recibió los vapores tóxicos resoplados con agitación sobre su rostro y se dejó perder sin pretensiones, en extensas dimensiones concéntricas, hasta lograr con sincronía llegar a la misma meta de la bestia.
Entonces cayeron ambos, con un profundo cansancio, uno al costado del otro, enlazados por los intrincados pliegues de las telas sedosas del lecho y la intensidad de los olores salvajes de la tierra, de los musgos húmedos y de sus propios cuerpos, sudorosamente fríos…

martes, 22 de julio de 2008

Engualichado

Cuento infrarrealista cordobés- el que quiera entenderlo que lo entienda.

Por más que nos duela: la realidad es la que es. Eso no quiere decir que todo está perdido. Hay quiénes comienzan a darse cuenta que finalmente perderemos todos y por lo menos, buscan asesores genuinos.


Don Fraude recorría el Camino de Cornisa, día a día, con su mula a quien llamaba cariñosamente Estafa.
Eran los dos muy habilidosos para pisar firme sobre las piedras flojas y no caer a los precipicios tenebrosos que rodeaban el único camino que conducía al pueblo de Al Arelak.
Hombre y animal, siempre se cruzaban con Juan Poblete que venía a pie, en sentido contrario. Ambos se saludaban brevemente, con apuro: Buendía Don… Cómo te va querido…
Juan trabajaba en lo que podía para mantener a su familia, pero gracias a Dios, nunca había tenido que salir a buscar empleo, siempre lo llamaban para una y otra cosa, ya que era  cumplidor, capaz de hacer muchas tareas pequeñas para su parecer, pero de verdad bien hechas para hacer crecer a los suyos y por ende a su pueblo.
Cuando cruzaba la Piedra Colorada, Juan sentía que desde los abismos oscuros que dejaba a su paso Don Fraude, algo lo llamaba… Parecía un eco que rebotaba en las paredes de piedra, diciendo una palabra incomprensible…
Un día, Juan no pudo más de curiosidad y a pesar del peligro que suponía hacerlo, decidió bajar, sin hacer ruido, deslizándose entre las nieblas espesas que provenían del río.
Al llegar a sus orillas, apareció entre los vapores una construcción muy sólida que nunca había visto antes, de donde provenían los sonidos de diversas y agitadas conversaciones.
Entonces, espió con cautela por una ventana pequeñísima que estaba abierta. Ésta dejaba entrever y escuchar a un grupo que estaba reunido, discutiendo cosas importantes- por lo menos así le parecía a Juan. Algo se podía entender cuando hablaban más fuerte, pero no todo.
-“Veamos que motivos tenemos para proceder así -decía un tipo recio con apariencia de sabelotodo- el primero es que las estrategias no se pueden hacer públicas, porque son eso, estrategias. La segunda es que hay que saber con quien negociar…
-“La rendición de cuentas está dibujada y seguirá dibujada- decía otro.
-“Tenemos muchas razones para que así sea- decía un tercero. Hagamos un re-cuento para poner todo en claro por si los periodistas-decía alguno más, mientras Don Fraude- ay, para sorpresa de Juan- les servía café.
-“Si les decimos la verdad no entenderían.
-“Porque la verdad es muy complicada…
-“Para entender los movimientos institucionales hay que ser especialista en lo que sea: Administración Gubernamental, Educación, Solidaridad, y así…Los demás no entienden…y encima hay que explicarles…
-“Y siempre hay que acomodar las cargas, de eso se tratan los balances…
-“Las decisiones no se consultan porque siempre tienen que estar para ayer…
-“Los chismes al respecto siempre rodarán: algunos equivocados, otros verdaderos…para qué tomarse el trabajo de aclarar, a río revuelto… ganancia de…nosotros.
-“A veces se puede decir la verdad sin decirla…-dijo un pelado con cara de cansado.
Juan pensaba: ¿qué tipo de verdad será esa? De dinero se trata, de eso estoy seguro, pero ¿de cuál? me parece que del mío y de mis vecinos, porque esos señores son los que elegimos nosotros para ordenarnos el pueblo, para gobernarnos.
Me gustaría ver que los dineros van para dónde dicen.
Pero, en una de esas tienen sus razones y a lo mejor con tanto subsidio jugando a las escondidas, que está y no está, tantas deudas y problemas que soportan nuestros esforzados gobernantes…
Juan quería entender, sin embargo el descreimiento lo iba invadiendo a medida que se daba cuenta del asunto.
Escuchó el chirrido de una puerta y vio que Don Fraude salía hacia el camino donde lo esperaba su fiel compañera de cornisa.
Silenciosamente ascendió él también y alcanzó la senda, con tanta pena que ahora le parecía más estrecha todavía.
Caminaba preocupado por lo que había escuchado, sabiendo cuán al margen de la verdad quedaban los que hacían crecer al país como él lo hacía, con sus pequeños  trabajos. ¿Qué ganaba un ciudadano común con pedir una rendición de cuentas?
Fue entonces, cuando al ver la espalda de Don Fraude a unos escasos metros, se dio cuenta que ahora iban los dos en el mismo sentido.
Entonces, atragantado por el susto, se dijo: ni bien llegue, la consulto a mi mujer, algún remedio ha de existir para este maleficio.

(Cualquier parecido con la realidad no es pura casualidad)

martes, 24 de junio de 2008

No era carnaval...








A veces sin ser carnaval, parece.
Así me pareció hace un tiempo, una noche, en aquella ciudad donde las que se disfrazan no son las personas. Las que se adornan, engalanan, iluminan y cambian son las calles.
Durante el verano, cada semana, un barrio diferente toma la misión de transformar las suyas.
La gente trabaja todo el año con el proyecto destinado a enloquecer su espacio de tránsito por unas horas.
Angostamente antiguos, los pasajes se transforman en los mundos más insólitos.
Todo el ingenio de sus habitantes, que no es poco, se concretiza en el diseño y puesta en escena.
Se organizan largos tablones donde los vecinos comparten su cena, todos juntos, disfrutando de los esfuerzos realizados para ganar el premio, gozando de las estéticas extrañas por ellos desarrolladas.
Una noche, hace algún tiempo, estuve sentada en una de esas mesas, argentinos en tierra no tan extraña, el vaso de cerveza fría en la mano, desesperada por fumar un pucho, ya que como buena recién llegada, no había encontrado dónde comprarlos.
Todo se solucionó cuando llegó Lucho al grupo y sacó los papelitos y la tabaquera para armar sus cigarros.
Me iba acordando de mi abuelo, ese tabaco perfumado con cáscara de manzana y le pregunté ¿no le ponés nada al tabaco para darle gusto? No, me dijo, e iniciamos la conversación hasta que no aguanté más y le pedí que me armara uno.
¿Me podrías decir dónde se venden los cigarrillos?
Las máquinas te los venden…me contestó, pero son caros.
Y a dónde están las máquinas, porque no he visto ni una, pregunté.
En los bares, me dijo.
Ya tranquila con la información , cerveza y pucho de por medio, y con la incomodidad el tabaco pegado en las comisuras de la boca, me dispuse a disfrutar de la visión incandescente, trasparente, brillante y movediza de cientos de botellas de agua mineral desflecadas y encastradas de diversas maneras que armaban el techo y costados de la calle, creando una atmósfera futurista y extraordinaria.
¡Iujuuu!. Extraordinarias vacaciones esas.
La silla humilde, plegadiza, de esas de madera, tan comunes y antiguas que podés encontrarlas en cualquier lado, me parecía excepcional.
Ya se nos unía Germán haciendo equilibrio con unos sándwiches de salchichas gigantes en las manos.
Fiesta bien de pueblo, en una ciudad grande, puerto polipoblado por gentes de todas partes.
Los vecinos seguían festejando en las mesas largas y llegando la medianoche, un grupo de músicos jóvenes y rockeros comenzaba a largar su repertorio desde la tarima armada en la esquina principal.
Antes de que se largara el bailongo, nos fuimos caminando despacio para asomarnos a otras callejuelas donde aparecían otros mundos: el país de las maravillas, el reino de las habas mágicas con sus vainas descomunales y flores luminosas,  los mensajes,  las banderas, mundos de duendes y de caballeros medievales…que tratábamos de fotografiar desde los ángulos que representaran  mejor esas puestas en escena callejeras.

Caminábamos ...sin apuro... dentro de ese carnaval de calles disfrazadas.
Vacaciones fabulosas. Esas sí que fueron vacaciones de verdad.
Flor sonreía, reflejando mi asombro en sus ojazos grandes y cálidos.
Tomados del brazo, transitábamos, refundábamos el Viejo Mundo… Conquistadores en reversa, los conquistados valientes y sin máscara, nos convertíamos, camino a casa, en la imagen de la felicidad.
Por las calles de Barcelona, representábamos a todos nuestros abuelos, emigrantes en regreso, reviviendo en nuestras risas francas, sobre nuestros zapatos gastados, de tanto caminar.


domingo, 25 de mayo de 2008

El espejo



Hacía calor, pero el aire se podía cortar como hielo.
Martina y Silvia, sentadas a la misma mesa, codo contra codo, las miradas perdidas en quien sabe qué recuerdos, almorzaban con su madre.
Doña Carmen, la vieja dama indigna, había lanzado la pregunta al ruedo: al final ¿quién se va a llevar el espejo antiguo?
Me lo ofreciste a mí y ya te dije que me lo llevo yo para el Geriátrico, dijo Martina.
Debió haber dicho para “mi” geriátrico para atenuar el efecto.
¡Qué! ¿Los viejos se miran al espejo? - dijo Silvia, dándose cuenta de que ella hacía rato no se miraba en los espejos, y que para colmo si el espejo de la abuela se iba para el geriátrico, iba a estar rodeado de extraños.
Y sí - dijo Martina, cruzando sus piernas flacas y revolviéndose en la silla, muy molesta por el comentario- el PAMI me exige un espejo grande para hacer las rehabilitaciones, por eso me viene muy bien llevármelo.
No te puedo creer, para qué quieren mirarse los viejos? Cuanto menos lo hagan menos se dan cuenta de lo decadentes que están. Y Silvia pensó en ella misma que ya no se reconocía ni en las fotos.
Creo que podría tener un mejor fin si me lo llevo yo. No, al geriátrico... no. ¡Me lo llevo yo! Le voy a dar un destino más noble. Mirá mamá: Marisa redecoró su dormitorio ¡Una obra de arte! Y el estilo del espejo le queda justo, justo. Además tiene uno todo roto y eso es mala suerte. Mamá, no vas a permitir que tu nieta se llene de mala suerte, encima que tiene poca, teniendo ese hermoso espejo para darle... agregó Silvia, con toda la mala intención, casi ganando la batalla.

Bien. De la que se lo lleve primero, dijo salomónicamente Doña Carmen.
Martina levantó los hombros y se desinfló con un pacífico suspiro. Había perdido porque ni siquiera tenía como llevárselo... y tener que escuchar esas cosas, con lo que amaba a sus viejos...De todos modos, su Gurú le había enseñado muy bien que todo lo que uno desea y necesita, sino viene de un lado, viene de otro en el momento menos pensado y que por eso no hay que preocuparse en estos casos.
Silvia se quedó pensando un instante en lo poco que se reconocía últimamente.
Por eso odiaba los espejos. Nunca se miraba. ¿Para qué? Para ver esa figura primitiva y matriarcal, tipo Venus de Willendorf, las piernas infladas, el vientre replegándose como un delantal inmenso, las tetas como dos melones caídos…
¡Fuera los espejos! ¿Y las arrugas? ¿Los músculos de la cara pesándole como la vida?
Esa no era ella. Los ojos perdiendo el color, la cabeza perdiendo el pelo…- justo donde no servían ni las extensiones- el cerebro convertido en una única y tonta neurona…
No sabía por qué peleaba tanto por ese espejo. Tal vez - debía creerse a sí misma - era un acto de bondad. No quería que los abuelos del geriátrico tomaran conciencia de su estado a través de ese espejo que llevaba la historia de su familia en el reflejo.
Mejor no verse, pensó. Mejor tener la imagen verdadera en la retina. Esa que está como a los quince, desbordando vida y juventud. La imagen interior.
Me lo llevo ya, dijo dándole un beso a su madre y un sentido abrazo a su hermana, pero al querer moverlo, lo pensó bien: qué lástima, hoy no voy a poder, porque tengo que andar toda la tarde dando vueltas por la ciudad y podría volverse peligroso tener este tremendo armatoste en la camioneta. Y enfilando hacia la puerta dijo: hoy mismo no lo puedo llevar, pero vengo pronto, en la camioneta entra.

Pasaron los días y el espejo enmarcado por hermosas guirnaldas talladas en maderas nobles, seguía recostado en la pared del segundo dormitorio, en el pequeño departamento de Doña Carmen.
Esa tarde la visitaba Fabi, su hija menor. Mamá qué vas a hacer con ese espejo, le preguntó tratando como siempre de facilitarle las cosas.
Es de la que se lo lleve primero, respondió Doña Carmen sin dejar trascender para nada en su respuesta, las dos ofertas que había tenido con anterioridad y la promesa que le había hecho a una tercera hija que estaba lejos.

Fabi, la cuarta hija, se lo llevó con mucho trabajo. Le puso una pátina blanca, por las dudas, para sacarle las malas ondas de sus hermanas y lo apoyó en una pared de su casa donde quedó tambaleante, indeciso y reflectante como siempre.




“Lo peor de empezar a envejecer es el envase” Maitena

viernes, 9 de mayo de 2008



Los viejos

Durante más de medio siglo han pasado por su vida muchos viejos.
Los sus viejos abuelos. Los sus viejos vecinos. Los sus viejos compañeros. Los sus viejos profesores. Los sus viejos padres. Los sus viejos suegros.
Viejos hay de muchas clases- dice. Los que han vivido bien y tienen una vejez disimuladamente tranquila, porque… ¡Quién no tiene preocupaciones después de haber vivido tanto! Y están los que han pasado por la vida llenándose de malos sentimientos, de envidias, de rencores y desamores que por más que no lo deseen, han carcomido su espíritu…


Ella dice que todos los sus viejos la acompañan siempre. Especialmente cuando sale a la ruta, se le suben al auto, aunque son cada vez más y ya casi no hay espacio. Sin embargo los admite con gusto y aprovecha el momento para charlar con ellos, para pedirles consejo y para agradecerles todo lo que la ayudan diariamente.
Al lado va el su dulce padre, secándole las lágrimas. La su vieja abuela tana le pone la mano tibia en el hombro, el su viejo profesor le sonríe estirando los labios finos y morados en un gesto de “¡vamos bien!”
A ninguno le molesta el rock de la 88.9, que sintoniza rápidamente, cansada de
tanta cultura yankee, Pobre Youhnny, sólo rrrock en castellanou…
El poncho de el su viejo suegro vuela por la ventanilla y el aroma de su cigarro hace que ella frunza la nariz, como siempre, pero ahí está, también él para apuntalarla con su presencia.
Están todos increíblemente cómodos, en ése, su único momento de soledad y ella le habla a ese conjunto de arrugas sabias y transparentes mientras acelera por el camino interminable, sin que ninguno de todos los sus viejos se quejen de la velocidad, ni de la música, ni de sus penas.
Ella y todos los sus viejos queridos, todos juntos entrelazando sus brazos, abrazándose los hombros, formando una muralla para defenderla de los embates de la vida, por siempre jamás.


lunes, 5 de mayo de 2008

Elecciones versus aborígenes





Cabeza se levantó como todos los días, antes de las seis de la mañana, aunque fuera domingo y enfiló como siempre hacia el bar de la estación de servicio, sobre la ruta.
Hizo el recorrido a pie para entretenerse o para auxiliar como siempre, a los rezagados de la vuelta de los boliches. Algunos chicos y chicas que pasados de alcohol o vaya saber qué, quedaban tirados en las veredas o apoyados contra los árboles sin encontrar su rumbo. Pasaban algunas personas sin ver siquiera lo que les sucedía, a los rezagados. Otros, en cambio, se detenían para ayudarlos o al menos para orientarlos hacia sus casas.
En el bar, se juntaban para desayunar las más diversas clases de individuos nocturnos. Travestis, chicas malas, algunos recién salidos del boliche, y señores prostáticos que no podían dormir más y llegaban apurados para ver quién arrebataba primero el diario de la mañana.
Ese día estaban todos alterados e inquietos, sin distinción de edad o sexo asumido.
Entonces, Cabeza, que no podía mantener ni siquiera una conversación sencilla y menos desarrollar uno de sus largos monólogos porque nadie escuchaba a nadie, se despidió y rumbeó para el instituto. Ya faltaban pocos minutos para las ocho.
Llegó, se puso en la fila, esperando que abrieran el portón de la entrada, feliz de encontrarse con tantos conocidos: el Flaco, el Conejo, el Gato, la Gallina Culona que por ser tan grandote lleva el pantalón medio caído, lo que da lugar a su sobrenombre y la Liebre, que está viejo, pero que va a votar igual.
La conversación se volvió animada en la vereda de la escuela.
Era demasiado temprano y se exponían a ser embocados en el lugar de los presidentes de mesa u otros faltantes.
De pronto Cabeza dijo por lo bajo, cuidado con el “ekeko”
La Gallina Culona saltó sobre su moto y la hizo arrancar sin piedad. Cabeza y el Flaco dispararon para la esquina y el resto del grupo desapareció entre los árboles de la vereda, dando testimonio de las habilidades personales que habían dado origen a sus sobrenombres.
El ekeko había sido un hombrecito lustrado y oscuro, de cabeza pequeña, trajeado de negro y lleno de carpetas bajo el brazo, que andaba buscando reemplazo para los presidentes de mesa - que nunca habían llegado- y poder así abrir los comicios

A mí, de chica, me enseñaron en una escuela de Buenos Aires, que no había más “indígenas”, que se habían acabado hacía mucho tiempo, en el pasado. ¡Qué cosas te enseñan a veces, y una, pequeña e inocente, se las cree! Yo me decía qué pena y miraba las ilustraciones del Manual, la expresión sufrida, los pelos hirsutos y los músculos bien dibujados, pensando en esas valientes tribus extinguidas por completo.
Cuando escucho los apodos de los hombres del pueblo serrano donde vivo hace tantísimo, me vienen estos recuerdos y el de algunas bellísimas poesías aztecas, mayas e incas, también de las caras que me saludan todos los días en las calles y no sé… eso de volveré y seré millones. Y a dónde vaya, La Rioja, Catamarca, San Luis, Chaco, donde sea, los veo. Ocho de cada diez.
Los genes aborígenes persistieron y se multiplicaron a pesar de todo, de la mala vida, de las privaciones, del aislamiento, del hacinamiento, del desarraigo…
Estilos de vida diferentes, gente pausada, atenta a lo que puede otorgarle el alrededor, en una extraña simbiosis con la naturaleza, con la memoria ancestral… ¿mutilada?
Yo, descendiente de inmigrantes europeos, siento profunda curiosidad sobre cómo seremos en un futuro próximo: cuando veo la genética predominante de estas razas, cuando admiro sus siluetas magras o abundantes, los pelos lacios y oscuros, los ojos rasgados de mirar profundo en medio de la piel mestizada de los rostros. El gran mestizaje. El andar tranquilo y relajado. Las miradas escrutantes. La percepción alerta. La resignación. La espera.

miércoles, 30 de abril de 2008

Simbiosis

Las altas temperaturas les habían atontado el cerebro.
Mala idea ese paseo de mediodía en pleno enero.
Caminaban por las galerías coloniales viendo las artesanías de los matacos. Ella se sentó en el alto cordón de piedra que bordeaba las veredas. El jean deshilachado al igual que las alpargatas bordadas pero viejas. La liberación de andar con esa facha en un lugar donde se consideraba anónima era un sentimiento raro. Sentía que el aire pesaba una tonelada sobre su cabeza.
Pronto estarían regresando a Resistencia por las rutas calientes, sobre el asfalto derretido, enlatados en un pequeño automóvil, acompañados por el doctor Felipe con sus dos metros plegados desprolijamente dentro del auto y con los ciento veinte kilos de Silvia metidos a presión.
Volviendo se les había ocurrido visitar el barrio toba. Los aborígenes miraban estos seres extraños que bajaban del Fiat 600 como en un acto de magia y los turistas sentían que los ojos diferentes de los tobas se les pegaban en la nuca al caminar por la peatonal empedrada. El barrio nuevo era un trasplante más extraño aún que la comitiva de visita.
Los tobas se asomaban para verlos por las puertas y ventanas de esas casitas recién estrenadas donde lo ancestral no coincidía ni con la arquitectura ni con el sitio geográfico.
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Llegada la noche, el grupo foráneo se reuniría con el grupo local en el rancho, a orillas del Paraná.
Los autos en semicírculo con las luces prendidas iluminaban la orilla.
Las consecuencias del golpe de calor se hacían sentir. Todo el grupo de amigos arrojándose de cabeza al agua, nadando con placer, sin poder apoyar los pies ni un segundo por la sensación de ser tragados por el limo. La luna reflejándose en el oleaje lento y pequeño.
Juegos y bromas pesadas en la playa.
Las ranitas blancas apareciendo, trepando y asomando curiosas en los lugares más insólitos.
Ella y él se iban quedando en el río, flotando sobre la densidad del agua. Acariciándose las yemas de los dedos. Sintiendo el ardor que el sol había dejado en la piel y a los peces olisqueando sus piernas, se convertían en un solo cuerpo acuático, sirena y tritón, tritón y sirena...
Mientras, los hombres se encaminaban hacia el quincho donde estaban colgadas las hamacas entre los humos de los espirales y los ventiladores ,únicas armas antimosquitos gigantescos.

Una lluvia torrencial y corta los había apurado.
El calor se sentía en la espesura como si el sol nunca se hubiera ido.
La sangre se revolucionaba en sus cuerpos, a pesar del cansancio, a pesar de todo.
¡Gloriosa juventud!
¡Glorioso trópico!

domingo, 20 de abril de 2008

Cotidiano


Por lo general los tiempos son escasos para dedicarse a la gente común, al vecino, al que tiene alguna necesidad.

Los trámites nos vuelven ratones que contestan chillando desde las cuevas, rodeados de papeles amontonados. O lechuzas mirando fijamente las pantallas de las computadoras con ojos encandilados.

Papeles con o sin sentido, programaciones cibernéticas exquisitas, donde la culpa final la tiene siempre la computadora como si fuera un ser con vida propia.

Los tiempos se van gastando entre actas y planillas, cidís amontonados, legajos en pilas desordenadas y llenas de tierra.

La gente molesta a los oficinistas con sus problemas banales o con sus necesidades urgentes, las más urgentes e importantes, sólo para ellos mismos.

La gente se enrabia en las colas , horas y horas, cola tras cola, para poder iniciar un trámite.

La gente va y viene con la sensación de que las soluciones obtenidas no servirán de nada, puras escenografías falsas, de servicios que no funcionarán nunca bien.

Ni los políticos, ni los gobernantes suelen ver lo que ven los de abajo, los que no están ocupados en escalar la montaña. Éstos, simples ciudadanos de segunda, de tercera o de cuarta, adivinan bien la esencia del paisaje.

Algunas veces, cuando alguien de los que ascienden hacia la cumbre, tiene la mente clara y noble, puede apreciar la totalidad. Entonces ese alguien se pregunta cómo podré cambiar esto, esta inmensidad complicada, estructurada de esa manera que no es la conveniente para la gente- ¡para quién es conveniente?- con estas formas que nos llevan al fracaso...

Ese es el momento en que sobrevienen toneladas de impotencia y comienzan a desarrollarse algunos virus disvalóricos que habitan en las alturas. Entonces ese alguien olvida la perspectiva totalizadora que veía cuando percibía los sueños que tienen los de abajo .

Entonces se dice a sí mismo: y.... más no se puede hacer.