lunes, 9 de diciembre de 2013

El comienzo de la pérdida



La habitación era muy luminosa, por las grandes ventanas.
Ya había pasado lo peor: el abandono sobre la camilla de la guardia en un pequeño y sofocante recinto, donde el olor a muerte se hacía insoportable  y también ,la terapia intensiva.
Estaba sentado en la cama de muy buen humor. Se había reído y escandalizado a la vez cuando la enfermera lo había acompañado al baño.
Conseguime un camisón, me dijiste con cara de pícaro pudoroso. Esto así, no va- agregaste.
Vimos un rato de televisión, estaban pasando un parque botánico y vos agregabas un montón de datos e historias sobre las orquídeas.
Estabas contento, todos habían venido a visitarte, hasta Pedro. Recuerdo…cuando lo viste, le preguntaste adónde era el asado. Pedro dice que te compró algo con dulce de leche y que te lo dio a escondidas.
Luego el cansancio te ganó y apagamos el televisor. Pero veías otras cosas en la pared luminosa que estaba enfrentada a la cama y me las ibas describiendo como si fuera una película. ¿Ves ese paisaje? Me dijiste. Es hermoso ese río con los pedregales… ¿Lo ves?
Y veías tu vida  transcurriendo en la pared al frente de tu cama y yo no tenía más salida que decirte que sí, que sí  veía.
Tuve que adaptarme aceleradamente a cada comentario tuyo para decidir casi sin pensar, cuál sería mi respuesta.
Hasta que te cansaste y me dijiste que lo apagara. En un momento de inteligencia, cerré las persianas americanas de los ventanales y así la pared dejó de brillar y la historia de tu vida encontró un cartelito que decía FIN como en las películas antiguas.
En esos días de internación no perdiste ni el ánimo ni el buen humor. Hombre bondadoso de alma ingenua, que seguías preocupado por tus descubrimientos, tus labores de investigación, y lo más extraño para nosotros que pertenecíamos a  generaciones posteriores, por un sentimiento de fidelidad a tu patria, un patriotismo insólito para quienes el mundo globalizado nos había desdibujado la mitad de ese concepto.

La habitación ahora estaba oscura.
Cansado de tanto ajetreo, te dormiste, pero la energía y la luz de tu espíritu nos iluminaban a todos para ayudarnos a superar el final.


jueves, 28 de noviembre de 2013

CRITICA DE LAS COSTUMBRES



Por estos lados, somos muy aficionados a criticar y escandalizarnos por las costumbres de las culturas que no conocemos, o de los ambientes de la sociedad donde no nos movemos.
Es fácil reconocer que la  sociedad  humana está conformada por  ambientes paralelos que son diversos y  que poseen campos de entrecruzamiento donde, en algún momento, se comparten acciones, sitios, objetos.
Pero es bastante difícil que los miembros de un ambiente social humano comprendan a fondo el origen y la justificación  de las costumbres de los otros círculos, ni aún compartiendo territorios aledaños.
Esta ignorancia sobre las costumbres tradicionales y emergentes- sobre las redes de patrones y significados- que  provoca incomprensiones de diversas clases, puede ser uno de los caminos hacia  la intolerancia.

Voy a dar un ejemplo muy sencillo y superfluo:
Recuerdo haber visto cómo una de mis  tías abuelas,  de origen catalán, daba a sus hijos pan con aceite de oliva y sal o tal vez azúcar, para merendar. En un país tan ganadero como era el nuestro hace unos 60 años, ver esto era como presenciar una escena de pobreza…quién no tenía una manteca en su casa y un poco de dulce para merendar. Yo había quedado muy impresionada y no lo pude olvidar nunca .
Ahora, relacionando el tema con ciertas comidas europeas que tenían como base el aceite de oliva y que al emigrar a nuestro país reemplazaran este elemento por crema o manteca, como sucedió con  la famosa bagna cauda, y conociendo el valor nutricional y anticolesterol del aceite de oliva, no puedo menos que reconocer mi total ignorancia y prejuicio al respecto .

Entonces, y a partir de este sencillo ejemplo, entre tantos otros que se dan diariamente, pienso cuántos conceptos, ideas, costumbres, se pueden prejuzgar y criticar por falta de conocimiento, por una burda ignorancia de otras culturas y  de la forma de adaptación a la vida, de  otros círculos sociales.
Por eso, no olvidemos la cautela cuando se nos ocurra hablar de  las costumbres de quiénes en algunas cuestiones son diferentes a nosotros.


miércoles, 20 de noviembre de 2013

El síndrome de desorden: los papelitos y las mesas.



Un libro puede transportar  muchas cosas. Un cuaderno también, y más aún porque es artesanal y personalizado.
Pero qué sería de mis cuadernos y de mis libros si no llevaran muchos papelitos significativos adentro como si fuera un premio sorpresa, un regalito extra que si no vas con cuidado se te cae y desparrama por todos lados.
Una gran mesa puede servir para muchas cosas. Las mías sirven de escritorio, llenas de libros, cuadernos, agendas y sobre todo, las preferidas: las libretas de toda forma y color. Libretas para esto y libretas para aquello, porque son más fáciles de transportar, aunque en realidad no van a ningún lado y se estacionan activamente sobre la gran mesa.

Al  fin, después de muchos años de vida, he tomado conciencia de éste, mi desorden papelero que habita en el interior de  mis otros papeles más organizados  en sí mismos y menos ordenados en relación al espacio que les corresponde, y  también sobre esta mi actitud  conquistadora de mesas, otorgándoles  una personalidad de  escritorio, pero mucho más acogedora y magnánima…para su dueña.

lunes, 28 de octubre de 2013

Cómo se construye la sonrisa del otro



Hay gente que vive sin sonrisa: las arrrugas del rictus en la cara, el entrecejo fruncido, permanente.
Han perdido la capacidad de sonreír.
No cantan.
No hacen bromas.
A veces parece que pequeñas hormigas invisibles las picaran por todo el cuerpo.
Se acomodan la ropa.
Se estrangulan las manos.
Y vos me preguntás o quizás ya descubriste cómo se construye una sonrisa, cientos de sonrisas, un canto entre los labios, una actitud relajada y feliz.
Claro, sí... Se construye con las pequeñas cosas. Con un beso, un abrazo, una flor, un mensaje, una caricia, un decir cariñoso.
Porque cualquiera que emprenda la vida con responsabilidad y esfuerzo está haciendo las cosas a lo grande.
Pero esos actos pequeñitos hacen falta para que el amor construya sus andamios y haga nacer la sonrisa,
expresión sagrada y específica del ser humano.






martes, 24 de septiembre de 2013

SOLUCIONES CREATIVAS PARA LO PEOR.

“¿Qué es lo peor que nos puede pasar?
A veces  cuando comenzamos a reflexionar sobre lo que nos pasa,  nos parece haber salido  de otra época, pero lo peor no es cuando parece, sino cuando nos damos cuenta que realmente venimos de otro tiempo, de otras costumbres, de otras tradiciones. Reflotarlas es como entrar en la dimensión desconocida, cualquier cosa puede suceder.”

Lo peor que nos puede pasar es comenzar a encontrarnos con amigas y compañeras de trabajo sólo en un determinado lugar y solamente en ése: la sala de velatorios.
Nos pasó.
Ya eran varios entierros de amistades donde nos encontrábamos luego de no vernos por mucho tiempo.
Como los velatorios resultaban tan entretenidos porque comenzábamos con los recuerdos y  terminábamos riéndonos de todo y apostando a quién contaba la anécdota más graciosa ante las miradas duras de los no allegados al grupo, decidimos comenzar a reunirnos por algún motivo más feliz.
Cabe aclarar que el grupo estaba formado por edades que oscilaban entre los ochenta y pico y los cincuenta y tantos. Todas jubiladas ya. La mayoría habíamos trabajado mucho en educación y algunas lo seguíamos haciendo, tratando de ocuparnos de algún quehacer trascendente.
Entonces, en el último enlutecido encuentro invernal, organizamos una cena.
Llegó la noche y Martina la tomó como suya. Quería festejar sus ochenta, unos cuantos meses antes de la fecha,  por las dudas.
Todo estuvo muy bien organizado, pero regresé a mi casa con un frío raro en el alma.
Únicamente se había hablado- en mi pequeño grupo- y en forma insistente, tenebrosa, patológica, ensañada… de enfermedades y vejeces, de parientes más viejos aún, que trastornaban la vida de las no tan jóvenes y… de fallecidos, también.
En la cena, éramos todas  mujeres, porque hombres no pertenecían al grupo, o porque no los había habido o  por eso que tiene la mujer de sobrevivir…
Fracaso, absoluto.
Pasaron los meses y a Mireya, una de las integrantes con perfil culturoso del grupo, se le ocurrió la magnífica idea de organizar unas “Veladas Paquetas” donde podríamos apreciar su colección de dividís, óperas y ballet, comentario incluido para desburrarnos, y completando la función  con bocaditos en los entreactos. O con  un té servido a la inglesa, five o’clock - ni que hubiéramos sido colonia - y muchas cosas ricas aportadas por la creatividad de las concurrentes.
Y se dio la primera reunión.
Mireya nos esperaba con la mesa bien puesta, el ánimo de una niña jugando a las visitas, un cuadernillo para cada una donde estaba la síntesis ilustrada del Ballet del Lago de Los Cisnes interpretada por un Nureyev muy joven y maquillado al estilo de los setenta - demasiado celeste en los párpados  para mi gusto.
Hubo que esperar un rato a las más viejitas que venían atrasadas y con olor a naftalina y mentol. Los olores del otoño.
La ex profesora de Castellano* se vio con la obligación de comenzar la lectura del argumento de la obra, ya que debía dar el ejemplo de lo que era una buena lectura, con la dicción, entonación y puntuación conveniente.
Con respeto sacro se inició el espectáculo, una vez puestos a punto los artefactos correspondientes: televisor, reproductor de dvd, cableríos que funcionaban y no funcionaban, etc.
Pero más tarde, las cosas cambiaron, tal vez efecto de unos bombones brasileños que alguien repartió entre las presentes…o quizás por un licorcito casero de huevo al que nadie pudo negarse.
Comenzó la diversión con los comentarios desopilantes que largaban las más audaces y luego el tono subió y subió hasta que ya no importaba que el cisne estuviera muriéndose ni que el brujo agitara con dramatismo sus alas toscas, todo era motivo de broma y cargadas en esa rueda de mujeres mayores que de tanto admirar la cultura clásica,  habíamos logrado usarla  para recuperar la risa y la amistad.


Conclusión secreta: Aunque las reuniones siguen cada quince días, no se sabe hasta cuándo.
Ahora se agregó un señor jubilado-bendito tú eres - pero aguanta bien.
Vamos rotando de casa, por las dudas, no vaya a ser que nos trague un agujero negro.

* Castellano se llamaba en la Escuela Media lo que actualmente es Lengua.
Yo me pregunto Lengua de qué. Claro decir Español como se conoce mundialmente también sería discutible. Ya que en España se hablan casi cuatro idiomas. Castellano era un término bien preciso. En todo caso debiera ser Lengua Argentina, porque nosotros con los españoles tenemos unas cuantas diversidades lingüísticas, que en realidad no son tantas, pero son. De todas maneras el Castellano es la gran lengua madre- para nosotros, los latinoamericanos, y ¡basta! Diría mi profe de italiano.
PD:
¡Las reuniones ya llevan diez años y siguen!


lunes, 23 de septiembre de 2013

CRONICAS DE FAMILIA: EL NACIMIENTO


Corría el año 1957… a quien corría, no lo sé. A mí, no.
Tengo mi visión infantil del chalet donde vivíamos, que  me parecía un paraíso con su jardín delantero que daba a una calle y el parque de atrás que daba a otra calle paralela…
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 Ese día había estado lleno de visitas por lo que pudo haber sido un sábado o un domingo. También había llegado su madre que se iba a quedar dado el nacimiento incipiente y su padre que no se quedaba a dormir y se volvía a la Capital. De producirse el evento, la abuela Carmen debía quedarse con los tres niños.
 Juan había estado pintando una pared todo el día  y estaba tan cansado como Beba.
Al acostarse deseó: Ojalá no lo tengas  esta noche porque estoy agotado.
A ella le dolía todo, se sentía mal. Las visitas le habían dado mucho trabajo.
 Ese embarazo no había sido feliz: había pasado mucho tiempo sola, con los tres hijos pequeños, lejos de toda la familia, y con su marido de viaje permanente. Encima, en  esa temporada los niños se habían pescado algunas de las enfermedades  infantiles traídas por la mayor que ya asistía a la escuela primaria.
Entonces  fue al baño y volvió con la noticia. Juan, por favor, levantate porque rompí  bolsa, le dijo. Ella creía que Juan iba a sacar el auto del garaje y se preparó rápidamente para ir a la clínica, pero él demoró, demoró y demoró, hasta que llegó con un taxi y le dijo : que el taxista no se dé cuenta que se va a poner nervioso y podemos chocar. Juan estaba extenuado: había corrido unas quince cuadras para ir a buscar un taxi - estaban lejos del centro de la localidad.  Su auto había explotado esa tarde y junto con su amigo Toto lo habían guardado sigilosamente en el garaje para que Beba no se enterara.
 Y ahora había que recorrer 28 kilómetros hasta la Capital, al Sanatorio asignado.
Conteniendo el dolor y el parto, Beba se aferraba a la mano de su marido, y al creciente malestar se sumaba el dolor de las uñas de Juan, que más nervioso aún, las clavaba  en su mano frágil.

Llegada al sanatorio, la pusieron en silla de ruedas. Una vez  llegada a la habitación y puesto el camisón, Beba  no aguantó más y salió para la sala de partos caminando apresurada porque ya nacía su bebé. La indomable Beba abrió las puertas  de la sala y aunque no se lo permitían porque estaban desinfectando, igual se subió a la camilla.
 Esa noche de luna llena, los partos se habían sucedido con tal rapidez que no habían dado tiempo a acondicionar la sala.
Y así fue que, en breves instantes, nació Martita.

Momentos después, en la habitación, una enfermera entró con un arreglo de flores monumental. Beba, consciente la situación le dijo: Ud. debe estar equivocada, eso no es para mí y efectivamente, no era para ella. Era para la famosa  artista y cantante Lolita Torres, que esa noche había tenido  a su primer hijo, Santiago, y que continuaba  internada allí.
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Ese año fue muy difícil y raro para todos.
Unos meses después viajamos a las sierras de Córdoba donde  nos quedamos a vivir definitivamente.
Beba venía de mucho sufrimiento, tal vez demasiado. Nuestra nueva hermana era de llorar mucho de día y sobre todo de noche. Nadie entendía qué le pasaba a esta bebita.
Mamá tenía los ojos velados por la angustia del desarraigo y llegar al interior del país era para ella, mujer de ciudad grande, como llegar al fin del mundo. . Con el trajín de la mudanza, y del viaje, había quedado muy delgada, tan delgada que parecía una bolsa de huesos.
Ese día de setiembre había una llovizna finita y persistente. En la tarde oscura y fría, remolcados por un camión- ya que el auto no resistía los grandes acontecimientos de la familia y se había descompuesto en el camino- llegamos a una casa helada  y desordenada. La gente de la mudanza había dejado todo en manos de los dueños de un hotel que metieron cosas  a presión en los armarios, revolvieron, y perdieron muchas  otras, como  por ejemplo libros  y  partituras musicales.
La frase histórica que dio al momento  un dramatismo de novela  fue: ¿A dónde me trajiste Juan?
Muchas otras características de la vida pueblerina harían padecer a mi madre  durante varios años hasta que se fuera acostumbrando y se olvidara de su ciudad natal.
En realidad, la casa que nos había conseguido mi padre era  linda, abrigada y tenía un patio grande con pérgola, y otro donde mamá mandó a hacer una huerta y un gallinero. Allí fuimos bastante felices, mucho más de lo que hubiéramos sido en Buenos Aires. Estoy convencida de eso.-




domingo, 5 de mayo de 2013

Escribir y leer...


Querid@ Amig@:
Como siempre, escribiendo desde los sitios en que se espera: al dentista, al médico, a los análisis, al mecánico del auto, a la amiga que cae tarde a la cita en el bar – eso por suerte no pasa con vos…
Es bueno aprovechar esos tiempos indefinidos para hacer algo con una finalidad concreta, algo que me encanta: jugar con las palabras para comunicar cosas de la vida.
Hoy me contabas con verdadera preocupación de las dificultades de tu nieto para aprender a leer, por eso empecé a recordar  cómo aprendí a leer y  cuáles fueron algunos de mis trayectos lectores, porque de todos no me acuerdo.

 Comencé a leer antes de leer.
Primero las imágenes de unas historietas: el Patoruzú que según parece era el personaje preferido de mi padre; luego fueron las del Billiken.
A los cinco años, el enorme cartel de publicidad de Coca Cola que veía desde el tren, me hizo comprender el secreto de la lectura.
Entonces, dado mi enorme interés, mi madre que era maestra de alma- como todas las primeras Maestras Normales Nacionales - me puso a mano el libro Upa donde las cosas se me facilitaron  y buena o mala suerte, ya sabía leer lo suficiente como para aburrirme durante todo el Primer Grado.
De ahí a la Colección Robin Hood no pasó mucho tiempo. Mis  padres eran adictos a la lectura y al cine, y yo salí igual.
No puedo olvidar, amig@, las historias que contenía esa colección de tapas amarillas , leídas por mí una y mil veces.
Alicia en el País de las Maravillas ,Cuentos de la Alhambra, Mujercitas, Jack y Hill, Hombrecitos, Ocho Primos, Corazón, Las aventuras del Príncipe Valiente, Robinson Crusoe, Bomba de la Selva, y tantos otros
Ya en mis once años me fascinaban los libros de aventuras, de mitología, de piratas, de caballeros medievales-estaba enamorada del Príncipe Valiente, y de otros héroes que andaban por la vida ostentando su nobleza. Las historietas  tenían su lugar importante en esa edad: Superman, Batman, Flash Gordon - ah, qué antigüedad - El Zorro, Archie, Los Supersónicos, la Pequeña Lulú, eran un verdadero recreo.
La verdad es que la lectura se me fue haciendo una manía a través del tiempo.
Los libros estaban ahí,  tentadores…Dentro encerraban toda la sabiduría, todas las cosas que quería saber y los lugares que ansiaba conocer, todo podía entrar en mi mente sin moverme de la reposera bajo los pinos, o de mi cama en las madrugadas.
Esta curiosidad hizo que durante mi temprana adolescencia atacara cierta habitación-biblioteca que había en casa de mis abuelos, en la Gran Capital.
Algunos veranos iba sola a pasar  allí mis vacaciones. Quién podía tener ganas de hacer algo con ese clima húmedo y sofocante, mientras mi abuela temía las consecuencias de esta manía literaria.
Mi abuela Conce  era una italiana que podía contra todo, pero no podía contra mis horas de lectura. Creía que me iba a enfermar si seguía leyendo a ese ritmo y entonces, para sacarme del encierro, me invitaba insistentemente a dar una vuelta por la plaza, “a tomar aire”.
En esas vacaciones fue que empecé a disfrutar de la poesía: Shakespeare, Adolfo Becker, Cervantes y su Quijote, y seguí con las aventuras de Salgari, el terror de Edgar Allan Poe, algunos Best Sellers y  la lectura fácil de las revistas “digeridas” del Selecciones. Bueno amig@, me da un poco de vergüenza mencionarte este tipo de literatura…pero fue así.
También me fascinaban todos los relatos y novelas que se habían originado durante la Segunda Guerra Mundial.
Llegando a los dieciocho y con la universidad, irrumpieron Borges, Cortazar, Sábato, Arlt, Kalil Gibran, Rabindranath Tagore, Gabro García Márquez y  muchos autores latinoamericanos, norteamericanos y algunos  ingleses de moda.

Hubo libros que me dejaron impresionada,como Rayuela o Cuentos de Cronopios y de Famas, porque me abrían la puerta a otras dimensiones de la escritura.
Obra abierta de Umberto Eco fue un texto  importante para mí. Luego leí muchos otros de él.
Ahora comenzaba la obligación de leer sobre arte, filosofía, sociología, etc. y luego seguiría por mucho tiempo la obligación de leer sobre educación y política.
Las novelas sobre las intrigas de la Guerra Fría y el espionaje también me atraían bastante. Ni que hablar de  la literatura de ciencia-ficción: era un placer para mis ansias de futuro.
Allá por los setenta… ¿Te acordás? Nuestra diversión era leer Mafalda, fanáticas de Quino y también del Eternauta de Oesterheld y Solano Lopez más Breccia que anduvo por ahí luego. ¿No te parece que el guión de El  Eternauta tiene a la vez una  atemporalidad y una actualidad asombrosas?
Cuando me casé tuve otra biblioteca a mano: la de mi suegro. Otro festín donde se podía encontrar de todo.
Para mí, una biblioteca es una especie de lugar encantado donde la respiración se nos detiene cuando  leemos los títulos de los libros- como te habrás dado cuenta.
Es un templo donde todo el respeto que se tenga hacia los autores, hacia los ilustradores, hacia todos los que hacen el libro, nunca es suficiente.

En mis largos años de docencia absoluta apenas me quedaba tiempo para leer algún best seller  worst seller en el verano.
De educación y de política  estaba saturada cuando me jubilé.
Ahora me interesan los libros donde los escritores hablan de sus vidas o donde se describen culturas diversas y soy exigente con lo que me propongo leer.

He leído siempre hasta el final lo que ha caído en mis manos, salvo un libro que no pude terminar, que fue una lucha entre el autor, su aburrimiento expreso, su nada  y mi aburrimiento. Pero no te voy a decir cuál es…
Ahora tengo llenos los estantes de literatura cordobesa y americana, tal vez algún autor del hemisferio norte. Pero tampoco tengo mucho tiempo. La verdad que me quedo con las ganas. Vos sabés de las complicaciones  que tiene la vida cuando la familia es grande y más que familia es una tribu.
Leer todo lo nuevo que tengo sin leer me está pareciendo una tarea inalcanzable, sobre todo porque ahora tengo al alcance el mundo virtual que me ha atrapado con fuerza.
Y porque es tiempo de la producción propia. Por supuesto.
Nos vemos pronto y seguimos con el tema - si te gusta - con un café de por medio.
Un beso, querid@ amig@.
Bea


domingo, 17 de marzo de 2013

Paisajes urbanos





Esta mañana veo toda esa gente con cara triste y de circunstancias en la vereda de una familia conocida. Me pregunto: ¿Y ahora de quién es el velorio?
Pero no ha muerto nadie: es la cola del Rapipago.

jueves, 14 de marzo de 2013

Excesos I




¿Cómo puede funcionar una ciudad con exceso de vehículos?
 Funciona pero...¿ a costa de qué? Existen diferentes grados de exceso de vehículos. A Córdoba – de Argentina -le llegó la hora del atascadero continuo.

Fanática del andador, del triciclo y del autito a pedal  cuando niña, me sigue gustando manejar, lo que sea, un auto, una bicicleta, y cualquier otro vehículo si hace falta.
Pero  en estas circunstancias de exceso numérico de automotores, el conducir se vuelve  poco grato.

Dentro de este caos polimorfo que es el tránsito, nos encontramos con actitudes peligrosas.
La gente se altera más y puede suceder cualquier cosa ante una maniobra incorrecta.
Vemos cada día unos cuantos motociclistas en el suelo… esto ya es un  accidente cotidiano.
Algunas reglas del tránsito son ignoradas, como las que atañen a las rotondas y allí es un sálvese quien pueda.

Vemos gente sin casco en moto o en bicicleta, claro que tal vez en menor número que hace unos años. Van muy tranquilos en medio de la espesura del tránsito que por estos lados es un poco desordenado. Es muy común estacionar donde está prohibido-claro si ya no hay dónde estacionar-y los trámites hay que hacerlos.

Mala costumbre la de  abrir las puertas del auto sin fijarse, subir y bajar del mismo sin precaución y atravesar la calle por cualquier lado, en vez de usar las esquinas. No parar donde dice PARE y confiar ciegamente que el otro va a dejarte pasar, son algunos problemillas diarios.

¡Qué actitud esta de confiarse en la habilidad de los demás para esquivarte!
Hace unos diez años comenzó una campaña de educación vial muy importante dirigida por un entusiasta abogado especialista en accidentes de tránsito, y creo que a partir de esto han mejorado un poco las cosas, pero nadie puede controlar lo que sucede ante la cantidad excesiva de vehículos. No alcanzan las rutas, la intensidad de las horas pico se ha extendido a casi todo el día, no alcanzan las playas de estacionamiento, no alcanza el combustible.

Claro, tenemos el sistema de transporte público tan deficiente que aunque se estén haciendo cambios , la costumbre, el hábito y la confianza en lo público están muy distantes.

Tampoco tenemos una red eficiente de trenes, por temas de políticas de transporte ya conocidas. ¡Y podrían considerarse dichosos los que tienen trenes subterráneos! En este país, solo Buenos Aires.

Definitivamente, la invención del automóvil  se ha convertido en una pesadilla: hacinamiento, contaminación, gasto exorbitante en combustible, seguro, mantenimiento, cochera, etc.

¡Qué razón tenía mi tío, allá por la década de los ’70 cuando no quería comprarse un auto! Me queda mejor el taxi -decía- tengo menos gastos y encima chofer. Pero igual que todos terminó sucumbiendo al encanto de tener el propio.-

domingo, 24 de febrero de 2013

Vida de perros

En memoria de Laika



No sé cuando comenzó mi obsesión por los plumíferos. Quizás fue la primera vez que salí al jardín, oliendo su rastro, enloqueciendo…

He nacido guardiana. Innumerables riesgos acechan las vidas ajetreadas de mi gente.
¿Y si no fuera por mí? ¿Quién?

Los plumíferos son peligrosos; lo llevo escrito en mis genes milenarios.
Los plumíferos son poderosos, para ellos no hay fronteras.
Se me erizan los pelos de la nuca y del lomo cuando los veo. Corro persiguiéndolos y de vez en cuando los atrapo. Entonces festejo frotándome la espalda con sus plumas, las cuatro patas volando en el aire, el cuerpo rodando de un lado a otro sobre la suavidad plumífera en este loco ritual que me he inventado. O los llevo en la boca como trofeo exquisito mientras corro en círculos cada vez más rápido.
Es cierto que a veces me llevo puestos los muros del jardín, porque el enemigo vuela muy alto y en el afán de seguir su trayectoria sólo miro hacia arriba y… choco.
La verdad es que todo lo que vuela me vuelve loca. Los insectos que revolotean a mi alrededor y no respetan territorios ni tranquilidades ajenas. Peligro, peligro, peligro, doy tarascones al aire tratando de alejarlos de su paso y salto mordiendo la nada con un chasquido.

También me desesperan los gatos contemplándome provocativos sobre el filo del tejado o caminando lascivos sobre el muro. Y yo soy pequeña pero ladro con carácter y decisión para espantarlos y con la esperanza de confundirlos para que pongan mal una pata y caigan en mis fauces.

No entiendo como mi gente no escucha ni huele los peligros circundantes. Por ejemplo, los sonidos de las pisadas extrañas o los olores que se cuelan a través de las puertas prohibidas.
¡Me preocupa su seguridad!

A veces los escucho decir: ¡Esta perra es histérica!
¿Por qué me sentencian? Yo trato de no escucharlos y prefiero memorizar sus caricias ligeras y sus miradas mansas cuando pasan a mi lado, cuando buscan mis ojos con sus ojos, cuando me dicen: Hola Laika.

Ambientes de la casa: la cocina





Cuando pienso en una cocina, todavía queda en mí un pensamiento residual y ancestral de fogón, de cosa rústica, de cerámica, madera y también de hierro.
Cuando veo los diseños de ambientes para cocinar que están de moda, me parece estar observando quirófanos resplandecientes de metal.
Adivino quiénes fueron los primeros en inventar este estilo… ¿hombres asépticos? ¿Hombres maniáticos del orden…?  Mmm…juraría que mujeres no fueron.
Adivino los conceptos que les dieron origen, por ejemplo:
  •          Que no parezca que estoy en la cocina
  •         Que  parezca que estoy en… ¿dónde? ¿En  un no lugar? ¿En la recepción de un hotel? ¿En el living?
  • ·       Hagamos de cuenta que no estoy cocinando, esto no es una heladera, esto no es un mueble de cocina.

Luego pienso que entre los hombres comunes y corrientes hay varios tipos de cocineros: aquellos que usan el doble de utensilios que nosotras para hacer la misma comida y los otros que comerían sobre un papel con tal de no ensuciar nada y que por esa misma razón, toman de la botella, meten el dedo en el tarro de dulce, y toman bocaditos de todo lo que encuentran usando la función prensil de los dedos, que nos distingue de algunos monos. Bueno, estos no fueron los inventores del estilo en cuestión.
Dentro de los excesivamente ordenados están los que no cocinan por no desordenar. Abren los paquetes con la precisión de un bisturí y los cierran casi herméticos con varias cerraduras de refuerzo. Usan el mismo jarro para hacer cualquier cosa y lo lavan y lo vuelven a lavar. Son amantes de las picadas porque así se hace menos lío.
Y ni que hablar de los que desaparecen cuando es el momento de lavar los platos, ya que  para esta tipología de especímenes masculinos es una especie de tiempo peligroso para su hombría. Por eso el “andá a lavar los platos” es el insulto más usado cuando las mujeres que van al volante cometen algún pequeño error por las calles.
Bueno, esto parece fuera de época, pero hete aquí que algunas de nosotras todavía no gozamos del beneficio de un lavaplatos automático. Así de desparejo está el mundo. Por qué será que nos resistimos a la compra de este artefacto, ¿todavía no es imprescindible? O será por eso del contacto con el agua al que se refería una amiga mía que cuando estaba muy estresada se iba a lavar alguna ropita a mano y santo remedio…Aunque para esto hay una ley que funciona muy bien y que se aplica en mi casa:" el que cocina, no lava"
En fin…volviendo al tema, que estas cocinas de diseño minimalista suelen no usarse casi nada, como sucede en muchas casas de country donde sus habitantes no tienen tiempo de cocinar y recurren en forma permanente al delivery.


Contaminación auditiva: El otro…¿me importa?



 Atender el celular en sitios públicos   


En diversas ocasiones he buscado un sitio apartado de la sala de espera, donde aguardar tranquilamente el turno para la consulta médica, leyendo un libro o escribiendo alguna cosa.
Hete aquí que se sienta un señor mayor y celular en mano describe durante 15 minutos todos los estudios que le han hecho y sus resultados a viva voz. Luego se acerca la secretaria, se sienta a su lado y le comienza a dar la coordinación de turnos para salir de la encrucijada, también con voz clara y alta.
Sucesivamente - ¿se pondrán de acuerdo? - van apareciendo otros pacientes en la sala de espera que arreglan variados asuntos enterándose  todo el mundo y no dejándome concentrar en mi agradable tarea. Ni hablar de los que van y vienen  por los pasillos, perdiendo el rumbo correcto por estar sumergidos en el tiempo y en el espacio de las comunicaciones.Bueno, los bancos ya lo prohibieron pero en otras instituciones la cosa sigue sin control.
Por ejemplo en el gimnasio, templo sagrado de paz y esfuerzo concentrado.
Aquel que ha permitido atender el celular en el gimnasio, no ha sabido en qué infierno nos ha puesto a los que adoramos movernos al ritmo de la música sin ninguna otra distracción.
O tal vez,  ni se le ha pasado por la mente el problemita de escuchar llamadas varias donde se arreglan negocios, porcentajes, pagos y no pagos, horarios, problemas domésticos y otros llamados sobre temas insignificantes, que no conducen a ningún punto urgente. Mientras quien atiende el teléfono da vueltas en grandes círculos por todo el gimnasio… ¡Dios! ¡No me quiero enterar! ¡Y además de la charla… me mareo!
Tan fácil que sería atender la llamada en el hall y no en el salón donde acaban con la paciencia de los que queremos  paz.
Además, por alguna razón tecnológica, la mayoría de la gente que habla por celular no tiene dominio del nivel de voz que emplea y habla muy alto. Tampoco tiene la educación para respetar el espacio silencioso de los demás y contamina…contamina.
Recuerdo un día que subí al ómnibus muy cansada y además debía leer para un examen. Tuve que escuchar toda la narración de la agonía de un amigo de la pasajera contigua a mi asiento mientras hablaba  por su celular… ¡qué castigo!
Dejo de lado que haya amigos que se reúnan  en algún sitio para pasar un rato juntos y no hablen entre ellos porque están prestando atención a sus celulares de última generación que no cesan de enviar cosillas, no.
También es imposible ya acallar los llamados en todos los estilos musicales y sonidos en la gama que va desde la tradicional campanilla del teléfono antiguo hasta ese tintineo que hace recordar al Hada Campanita. Pero ese es otro punto de discusión…